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Exposición Arte y Salud Cardiovascular

Del 25 de septiembre al 18 de octubre de 2026
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Sala 30
Entrada gratuita en el mostrador de Información del vestíbulo del museo

El corazón en nuestra cultura: prevención, hábitos y cuidados

¿Dónde empieza a cuidarse un corazón? ¿En una consulta, en una cocina, en una calle, en una decisión repetida cada día? ¿Y qué ocurre cuando el corazón que nuestra cultura convirtió en símbolo del amor, el valor o la compasión se encuentra con el órgano real, vulnerable y extraordinariamente preciso que nos mantiene vivos?

En su quinta edición, la Fundación Cultura en Vena dedica Arte y Salud a la salud cardiovascular. Del 25 de septiembre al 18 de octubre de 2026, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza acoge una exposición que vuelve a poner en diálogo obras maestras de la historia del arte con algunos de los grandes retos de la salud contemporánea, con el respaldo científico de la Sociedad Española de Cardiología y la Fundación Española del Corazón.

Como en ediciones anteriores, Cultura en Vena muestra una exposición de comisariado y producción propia, con seis imágenes intervenidas digitalmente mediante gestos, mínimos pero significativos, que alteran su relato. Apolo intenta reanimar a Jacinto; Ticio aparece conectado a un desfibrilador; una joven veneciana muestra la cicatriz de una esternotomía; una carta amorosa se convierte en un registro del ritmo cardiaco. Por otro lado, objetos asociados al ocio o la vida doméstica incorporan alcohol, vapeo, medicación, pruebas clínicas o pantallas, abriendo el debate sobre qué sustancias y hábitos cotidianos pueden perjudicar nuestra salud cardiovascular. 

El corazón aparece así en todas sus dimensiones: símbolo y músculo, intimidad y salud pública, tecnología y cuidado. La exposición recorre la prevención, el diagnóstico precoz, la cirugía, la respuesta ante una parada cardiaca y los hábitos que, por repetición, pueden proteger o deteriorar nuestra salud. De manera transversal, la muestra incorpora también la salud cardiovascular de las mujeres, históricamente infrarrepresentada en la investigación, la prevención y el diagnóstico, haciendo visibles sesgos que durante décadas han condicionado el reconocimiento de sus riesgos y síntomas. Porque el riesgo cardiovascular rara vez tiene una sola causa y no puede reducirse a una cuestión de voluntad individual: también se construye en los entornos, los aprendizajes y las posibilidades de cuidado.

Lejos de pretender dar una lección médica o convertir el museo en una consulta, estas obras sitúan a sus personajes o sus objetos en una situación alterada con el fin de activar una pregunta. ¿Qué es necesario saber, qué hábitos hemos de cultivar y qué responsabilidades hemos de compartir –por nosotros mismos y por quienes tenemos cerca— cuando el corazón está en juego?

Obras expuestas

François Clouet
La carta amorosa, c. 1570
Procedencia obra original: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
Fotomontaje: Jorge Salgado © Cultura en Vena, 2026

En La carta amorosa, tres personajes quedan unidos por un mensaje y por una cadena de miradas. La alcahueta muestra una carta al enamorado; él mira a la joven; y ella, en el centro, dirige los ojos hacia nosotros. El amor circula de mano en mano, como una información secreta cuyo contenido sólo podemos imaginar.

En esta versión, la figura de la celestina es ahora una cardióloga: ambas expertas en asuntos del corazón. Aunque ha cambiado la hechicería por la evidencia científica, lo que sostiene en su mano sigue hablando de latidos: si antes la carta los traducía a versos, ahora el Holter los monitoriza electrónicamente. Los amantes son ahora paciente y enfermero: ella luce electrodos que registran su ritmo cardíaco; él ha transformado su solícito amor renacentista en delicado cuidado sanitario. 

Un Holter permite registrar de forma continua el electrocardiograma durante 24 o 48 horas mientras la persona mantiene su actividad cotidiana. Cuando está indicado, puede ayudar a detectar alteraciones del ritmo que quizá no aparezcan durante unos minutos de consulta. Escuchar el corazón también significa observarlo en el tiempo.

La escena amorosa se transforma así en una escena de prevención. El antiguo juego de miradas se ha convertido en una red de atención entre paciente, profesionales y tecnología, sin que desaparezca del todo la intimidad del original. Del poema amoroso del siglo XVI al electrocardiograma del XXI, nuestro latido sigue anhelando el cuidado.

William Michael Harnett
Objetos para un rato de ocio, 1879
Procedencia obra original: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
Fotomontaje: Jorge Salgado © Cultura en Vena, 2026

¿Qué revela sobre nuestra salud aquello que llamamos ocio? En el bodegón de Harnett quedan rastros de una presencia reciente: una pipa todavía humeante, cerillas gastadas, galletas a medio comer, un periódico con la fecha visible. Objetos cotidianos que hablan del paso del tiempo y acercan la escena a la tradición de las vanitas, las representaciones simbólicas que nos recuerdan la ineludible cualidad transitoria de nuestra existencia. Uno de los grandes tópicos universales: tempus fugit, el tiempo huye y la vida transcurre mientras casi no nos damos cuenta.

En esta versión, los contenidos que habitan ese tiempo libre se resignifican. La pipa permanece, pero la acompañan una botella de alcohol, medicación –¿quizá unas estatinas para reducir el colesterol?– y unos resultados clínicos. Lo que en otra época eran los ingredientes de un rato de ocio puede leerse ahora como la suma silenciosa de hábitos cuestionables, hasta ahora normalizados, y sus progresivas consecuencias en la salud.

El riesgo cardiovascular no se construye en un único gesto. Algunos factores modificables —como el tabaco, el sedentarismo o el consumo de alcohol— actúan por repetición y se combinan con otros factores biológicos, sociales y ambientales. Las pastillas y la analítica no aparecen aquí como nuevos “vicios”, sino que señalan el momento en que la medicina irrumpe y entra en conversación con la vida cotidiana.

La costumbre vuelve transparente cualquier hábito, sea beneficioso o perjudicial. Por eso, la prevención también consiste en visibilizar esos hábitos sin culpabilizar, concienciando y devolviendo a las personas el margen de decisión necesario para responsabilizarnos de nuestro cuidado. O tomamos pastillas, o tomamos decisiones. ¿A quién delegamos nuestra salud? ¿A nuestros hábitos, o a nuestros blisters?

Giambattista Piazzetta
Retrato de una joven de perfil con una máscara en la mano derecha, c. 1720-1730
Procedencia obra original: Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
Fotomontaje: Jorge Salgado © Cultura en Vena, 2026

Casi como una fotografía instantánea, este lienzo captura a una joven en un interludio del carnaval de Venecia. Entre los dedos sostiene una pequeña máscara para ocultar su rostro; sobre los hombros lleva el manto negro de la bautta, el traje típico veneciano. La escena juega con una tensión antigua: mostrarse u ocultarse, ser visto o permanecer anónimo.

Aquí, el signo más elocuente ya no está en la mano, sino en el pecho. Una fina cicatriz vertical de esternotomía revela, sutilmente, que ese cuerpo ha pasado por una cirugía cardiaca. A diferencia de una máscara –que puede elegirse y retirarse–, una cicatriz se incorpora forzosamente a la biografía del cuerpo. Y en plena celebración de las carnestolendas –días de desenfreno antes de las restricciones de la Cuaresma, en los que todo está permitido y la ocultación de la identidad incita a los excesos–, esta joven decide no ocultar la sutura de su pecho.

El antifaz adquiere entonces un nuevo significado: durante décadas, la enfermedad cardiovascular de las mujeres ha permanecido parcialmente enmascarada. Atravesada por sesgos de género que han condicionado tanto la prevención como el diagnóstico y el tratamiento, el corazón femenino ha estado históricamente infrarrepresentado en los ensayos clínicos, sometido a la referencia omnipresente del modelo masculino. El dolor torácico sigue siendo una señal fundamental también en las mujeres, pero este y otros determinados síntomas, diferentes a los masculinos, han sido subestimados y malinterpretados con demasiada frecuencia. 

Las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte entre las mujeres a nivel global. Es momento de desenmascarar sesgos en medicina, de visibilizar cicatrices y de escuchar el latido femenino.

Giambattista Tiepolo
La muerte de Jacinto, hacia 1752-1753

Procedencia obra original: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
Fotomontaje: Jorge Salgado © Cultura en Vena, 2026

En el mito, Apolo llega demasiado tarde. Jacinto, herido durante un juego, muere ante el dios que lo ama y que, incapaz de devolverle la vida, solo puede transformarlo en una flor. Tiepolo ya había actualizado la historia de Ovidio: sustituyó el antiguo disco por una pelota y una raqueta del juego de pallacorda, popular en su tiempo.

En esta nueva transformación, Apolo ya no contempla el desenlace: de manera activa, coloca las manos sobre el pecho de Jacinto e inicia una reanimación cardiopulmonar (RCP). El dios que no pudo resucitar al joven realiza ahora un gesto que no pertenece a los dioses: cualquiera puede aprender una técnica que puede salvar vidas.

Ante una persona inconsciente que no respira con normalidad, reconocer la parada, avisar al 112 e iniciar compresiones torácicas mientras llega ayuda puede mantener la circulación y ganar un tiempo decisivo. La RCP no garantiza un final feliz, pero aumenta las posibilidades de que exista uno.

La escena cambia así de naturaleza: del lamento a la acción, de la impotencia al aprendizaje. ¿Y si la verdadera intervención milagrosa fuera una sociedad capaz de reconocer una emergencia y saber qué hacer durante esos primeros minutos?

​José de Ribera
Ticio, 1632
Procedencia obra original: Museo Nacional del Prado
Fotomontaje: Jorge Salgado © Cultura en Vena, 2026

Encadenado en el Tártaro, el tenebroso abismo de la mitología griega donde se juzgaban a los criminales mortales, Ticio fue condenado a un castigo sin final en el que un águila devoraba eternamente sus entrañas. Ribera escenifica ese tormento en una imagen monumental, concebida para convertir el dolor del gigante en una sensación impactante, casi física, que sacude al espectador. 

En nuestra versión, el suplicio mitológico queda atravesado por la iconografía contemporánea de un sufrimiento mucho más real: la emergencia cardíaca. El águila ha desaparecido, pero Ticio padece un infarto. Sobre su pecho vemos dos electrodos y, junto a él, un desfibrilador externo automático. Si el original nos empujaba a sentir, esta escena nos pide actuar.

Ante una parada cardiaca real, el tiempo es un ingrediente crucial. El desfibrilador analiza el ritmo del corazón e identifica el instante preciso en el que una descarga puede ser decisiva. No sustituye a la reanimación cardiopulmonar, sino que forma parte, junto a ella y a la activación de los servicios de emergencia, de la cadena de supervivencia. ¿Cómo reaccionarían los antiguos griegos ante esta invención, humana pero casi divina, capaz de devolver a la vida desde los umbrales de la muerte? Además, su presencia en espacios públicos convierte una tecnología médica en una herramienta de responsabilidad colectiva. 

Ribera pintó un cuerpo atrapado en una condena eterna. Aquí aparece la posibilidad de otro desenlace, pero, cuando el corazón se detiene, la segunda oportunidad depende también de quienes están alrededor. La tecnología no salva sin la intervención humana. El criterio de reconocer una parada, el propósito de pedir ayuda o la entrega necesaria para iniciar la reanimación son virtudes humanas que solo pueden partir de otro corazón.

Paris Bordone
Retrato de una joven, hacia 1543-1550
Procedencia obra original: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
Fotomontaje: Jorge Salgado © Cultura en Vena, 2026

Las imágenes originales de la exposición Arte y Salud Cardiovascular han sido gentilmente cedidas por el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y el Museo Nacional del Prado.

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