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CULTURA
Pequeños Pacientes, Grandes Lectores 6

El coleccionista de momentos

Autora: Aitana

Edad: 13 años
Hospital Universitario Marqués de Valdecilla de Santander
Emociones que encontrarás en este cuento: Amor, tristeza, calma

Todo el mundo decía que el tiempo era como un río, que fluía en una sola dirección.
Pero el abuelo de Leo siempre insistía en que eso era una tontería. Él decía que el tiempo no fluía, sino que se enroscaba, como una espiral, y que en cada vuelta dejaba pequeñas cosas, momentos, que uno podía recoger si sabía cómo.
Leo, a sus 13 años, era un coleccionista.
Su abuelo le había dado un estuche de metal, de esos que parecen para guardar monedas viejas. Dentro no había dinero, sino pequeños frasquitos de cristal.
—Son para que guardes los momentos, Leo —le había dicho—. Cuando sientas algo muy fuerte, pon el frasquito cerca. El momento lo llenará…

Leo no lo entendió muy bien al principio, pero lo intentó. Llenó su primer frasquito el día que su perro, Max, le dio su primera lamida en la cara. Se sintió tan feliz, tan querido. Tomó el frasquito y lo acercó a Max. Lo abrió y, por un segundo, a Leo le pareció que un rayito de luz entraba. Cuando lo cerró, el frasquito brilló un poco y luego se apagó.

Y así continuó. Coleccionó el momento en el que su mamá lo abrazó y le dijo que todo estaría bien después de un mal día en el colegio. Coleccionó la emoción de ganar un partido de fútbol. Coleccionó la risa de su hermana pequeña cuando le hacía cosquillas.

Su magia no era como la de las películas que retroceden en el tiempo para cambiar algo. La magia de Leo era diferente. Si estaba triste, solo tenía que abrir uno de sus frasquitos. El olor de la emoción guardada se liberaba, y por un momento, la sentía de nuevo. Era como un chute de felicidad, un abrazo de su madre o la risa de su hermana, pero dentro de su cabeza.
El problema llegó cuando su abuelo enfermó. Se sentía muy triste y Leo le dio todos sus frasquitos para que los oliera. Le dio la felicidad de Max, la seguridad de su madre, todo. El abuelo sonrió un poco, pero no fue suficiente. Quería volver a sentir las cosas de verdad, no solo su recuerdo.

Fue entonces cuando Leo se dio cuenta de que su abuelo le había enseñado la magia al revés. No había que coleccionar solo los momentos felices, sino entender que había que vivirlos de verdad, una y otra vez, para que la vida no se quedara vacía.
Así que Leo hizo algo que nunca había hecho. Coleccionó un momento triste. La tristeza de ver a su abuelo en la cama. Lo puso en un frasquito y lo guardó. Sintió el dolor, pero también algo más: el amor que sentía por él, la rabia de verlo así. Se dio cuenta de que la vida no se trata solo de momentos buenos, sino de todos.

Al final, el abuelo falleció. Leo se quedó con el estuche vacío y con un frasquito lleno de tristeza. Pero no fue un final triste del todo, porque aprendió la lección más importante. El tiempo no se guarda en frasquitos, se guarda en el corazón.
Y cada momento, el feliz y el triste, es importante porque es parte de lo que uno es.

Ahora, cuando está triste, Leo no abre un frasquito. Simplemente piensa en su abuelo y en todos los momentos que le enseñó a valorar. Y aunque no pueda volver atrás, sabe que el tiempo, el de verdad, el de los recuerdos, siempre estará con él.

El coleccionista de momentos

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