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CULTURA

LAS EMOCIONES

“Yo estoy lo mismo, en cuanto a mi salud, unos ratos rabiando con un humor que yo mismo no me puedo aguantar, otros más templado”. Así describe Goya a Martín Zapater sus cambios de carácter debidos a su salud, que siempre fue inestable. A veces le pintaba a Martín un corazón y se despedía diciendo que le dibujaba lo que no podía darle. Otras retrataba el abrazo de un padre y un hijo, o una siesta en una tarde de verano. Pero en sus obras aparece también la oscuridad: murciélagos volando, los inquietantes ojos de un búho, un lobo que nos mira desafiante. Andar por los cuadros de Goya es como caminar por la vida: vamos cambiando de estación y nos encontramos con distintos animales, que nos salen al paso para ofrecernos su pelaje y hacernos una caricia o por el contrario hacernos frente y proponernos un duelo. Sus paisajes son variados, como lo son los diferentes estados que atravesamos a lo largo del día. ¿Cómo se puede pasar del calor de agosto a un páramo nevado? ¿Un gato puede ser un animal peligroso? Para expresar su ambición y algunas de las dificultades que encontró en los entornos de la corte, Goya utilizó la imagen de un caballo: “Nada corre mi caballo” o “mi caballo no es andador hasta que se vea”, reflejando sus ganas de seguir trotando a pesar de muchas dificultades. Si nos damos un paseo por estas escenas entenderemos que las emociones son distintos espacios que visitamos. A veces el caballo descansa, como en El verano. Otras habrá un gato con el vello erizado, como en Riña de gatos. Goya dibuja indistintamente toda clase de animales porque eso le permite evocar todo tipo de estados: el sosiego de alguien durmiendo, la agresividad de lo inesperado, la dulzura de un pájaro entre las manos.

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