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CULTURA

Pinta una mano, que quizá pintará una obra, que quizá servirá para tejer un tapiz, que quizá adornará una habitación, que quizá servirá para entrar en calor. Goya fue dando a lo largo de toda su carrera pequeños pasos que le llevaron a distintas etapas y a asumir diferentes retos. No siempre lo tuvo fácil: aquejado de problemas de salud, a partir de 1793 sufriría una fuerte sordera como consecuencia, parece, de haber manipulado blanco de plomo como pigmento o de padecer una enfermedad autoinmune. Sea como fuere, lo que sí sabemos es que las cosas en Goya siempre parecen convertirse en otra. Por ejemplo, uno de sus cartones, la Pradera de San Isidro, nunca llegó a servir de modelo para un tapiz, puesto que hubo quejas por parte de la Real Fábrica porque era demasiado grande. Esta es, sin embargo, una de las obras más conocidas de esta primera etapa en la carrera de Goya y un icono en las referencias visuales de la cultura madrileña. Ese aire de celebración no está en todos los cartones. En El invierno vemos representada una escena en la que sólo hay un camino: seguir hacia adelante. Frente al aire liviano del resto de cartones, El invierno retrata una situación de peligro, dificultades e incertidumbre. Si una manta sirve para revertir el frío, ¿por qué no utilizarla? Si la imaginación permite encontrar nuevos caminos, ¿por qué no descubrirlos? Y si unos zancos me hacen llegar al árbol, ¿por qué no jugar a eso? La temperatura varía de una obra a otra como la propia trayectoria de Goya, que de pintor de cartones para tapiz se convertiría en pintor real, demostrando que el camino lo hacemos nosotros y un tapiz que no llega a serlo puede ser un buen lienzo. Después de todo, ambos son tejidos que abrigan.

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