Pensar es dar forma: nombrar, ordenar, imaginar. Es hilar, conectar lo que percibimos con lo que recordamos para dotar de sentido al mundo. Esta función de la psique convierte lo que vemos en significado y nos ayuda a elegir un rumbo. A veces el pensamiento nos cuida —nos explica, nos reafirma, nos consuela—; suele coincidir con su versión más calmada y consciente. Otras, en cambio, se acelera, se repite en bucle o se convierte en ruido. Puede ser faro, pero también tormenta.
En estos cuadros, Sorolla muestra distintas maneras de pensar: leer para estar un rato en otra parte; coser una vela para preparar un viaje; mirarse en un espejo y conversar con la imagen; repetir un trabajo colectivo; mirar a los hijos y ensayar el futuro; reír con amigas y encontrar palabras que alivian. Desde la acción puramente intelectual a la vivencia lúdica, el pensamiento no reside solo en la cabeza: también vive en la atención, en el lenguaje y en la memoria del cuerpo.
