Autora: Lucía
Edad: 16 años
Hospital Infantil Universitario Niño Jesús
Emociones que encontrarás en este cuento: frustración, tristeza y esperanza
Mientras se sentaba en la orilla de la playa, podía escuchar el ruido de las olas del mar, los pájaros cantando y los niños jugando. Ella solo deseaba volver a ser esa niña feliz a la que le encantaba saltar las olas y hacer castillos de arena. Sin embargo, las cosas han cambiado. A la gente de su edad le gustan otro tipo de cosas: salir de fiesta, bailar y emborracharse. Pero ella no tenía ganas de hacer lo mismo que el resto, no tenía esa ilusión por salir y hacer planes vacíos. No tenía amigos tampoco, solo estaban ella y su cabeza, una lucha constante.
Algo dentro de ella no le dejaba pensar con claridad, esa voz le decía que se quedase en su casa aislada y que salir y pasarlo bien sería malo. Un día, salió con su abuela a pasear al parque, y allí se dio cuenta de todo lo que se estaba perdiendo en casa. Pudo volver a ver los colores de la calle, un atardecer en la playa, muy poco a poco, fue haciendo valiosas amistades. Incluso algún día salió de fiesta y lo pasó bien, porque lo importante fue la compañía.
No obstante, ella se sentía vacía, nada hacía que se pudiese sentir autorrealizada y, en vez de estar en casa, era todo lo contrario, no la pisaba para evitar tener que estar sola con su cabeza.
Ahí es cuando se dio cuenta de que no volvería a ser esa niña haciendo castillos de arena ni corriendo por la playa, de que tendría que acostumbrarse a vivir con ese vacío y esa voz. En ocasiones bajaba el tono de la voz pero nunca se apagaba por completo. Había caído en un agujero negro ¿aprendería a vivir con ello? Quizás no era la única con una voz dentro, quizás necesitaba paciencia para, algún día, saltar las olas.

